Domenica é sempre Domenica (Camilo Mastrocinque, 1958)

 

Un concurso televisivo es la obsesión del dueño de una importante fábrica (Alberto Sordi) y la de un padre de familia (Vittorio De Sica) que ven en el programa la posibilidad de consolidarse como cantante el primero y la de pagar sus deudas de juego el segundo.



















Pese a lo que se pueda suponer, la película es una celebración de la televisión (de hecho, el maestro de ceremonias del concurso televisivo en la película también conducía por esos años un programa en la pantalla chica) y en especial de sus concursos: al final, el personaje de Alberto Sordi insistirá en su obsesión de convertirse en cantante a pesar de que su esposa la anuncia que le va a ser infiel porque considera que hace el ridículo presentándose en esos programas. Incluso las resoluciones de algunas secuencias son una espantosa combinación de la estética televisiva dentro de la cinematográfica (la ganadora hablando con su novio y de fondo el enamorado contrincante que la dejó ganar), por no hablar de que para todos los participantes hay un final feliz ya sea el reconocimiento social, monetario o personal. Faltarían un par de décadas para que la televisión sea una influencia negativa y otra más para que Fellini, a través de la parodia feroz, analizara la responsabilidad de la televisión en la deformación de la sociedad italiana.



En definitiva, una película perteneciente a la época donde el cine se enfrentaba al fenómeno de la televisión cuyo único atractivo es seguir la filmografía del gran Alberto Sordi o descubrir alguna que otra estrella cinematográfica que el tiempo se llevó como Dorian Gray 

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