Che (Steven Soderbergh, 2008)

 


Basándose en Pasajes de la Guerra Revolucionaria  y Diario del Che en Bolivia del Che Guevara, Soderbergh construye la imagen de un Che alejado de la devoción revolucionaria y con la clara intención de mostrarlo como un hombre a secas.










En la primera parte, una pantalla ancha bien épica contará el inicio de la relación de Ernesto Guevara con Fidel Castro, sus primeros aprendizajes guerrilleros, sus dudas, sus niveles éticos, la revolución cubana, el crecimiento como figura política, su ambición liberadora a nivel continental. En la segunda parte, la pantalla imitará a las producciones latinoamericanas símil Glauber Rocha para contar el derrotero del Che por Bolivia en el intento de repetir lo que se había logrado en Cuba, la relación con los campesinos bolivianos, la injerencia estadounidense y el fatal desenlace de sus días.



Esta segunda parte es más interesante que la primera, porque muestra a un Che Guevara excedido por la situación, ya grande, con el asma como un lastre que le impide concretar lo que se propone y con problemas en el control de su tropa. Según la lectura de Soderbergh,  el Che era un idealista en confrontación con la realidad. Para argumentar este reflexión, Soderbergh repite en el final de la segunda parte un momento de la primera: mientras viajan Guevara, Fidel y un grupo de futuros guerrilleros en barco hacia Cuba, el Che contempla el mar desde la borda y luego gira la cabeza para mirar a cámara. Con el corte, vemos que a quién realmente está observado es a Fidel, un poco más allá, conversando y fumando. Esta misma escena Soderbergh la repite en el final de la segunda parte, lo que parece sugerir, después de todo el martirio del Che, que Guevara admiraba a Fidel en cuanto a táctica guerrillera, capacidad de mando y frialdad ante la situación. Algo que a él le faltó para triunfar en Bolivia.


Soderbergh elude casi por completo los lugares comunes de una película biográfica. Desde el inicio, el Che es alguien atractivo políticamente (la película se inicia con un reportaje), no hay solemnidad ni intención de erigir un monumento. Benicio del Toro está perfecto como el Che: su personaje no sabe de qué va su destino, ni tampoco se cree un mito. Del Toro tuvo la inteligencia de despojarse del aura mítica del Che Guevara y construirlo como un personaje de ficción. Esto es algo que contagia al resto de los intérpretes y a la película en general. La música también sigue la misma tónica y no subraya ninguna acción. 



Si la película no llega a ser redonda es por la excesiva acumulación de personajes sin desarrollo que entran y salen sin entenderse muy bien quiénes son o cuál rol cumplen (por ejemplo, Gastón Pauls o Matt Damon); y además por las escenas de contienda donde Soderbergh vacila en un tono medio entre la espectacularidad y la sobriedad que le quita fuerza a situaciones intensas (el descarrilamiento del tren, por ejemplo). Sin embargo, se puede decir que, por el momento, éste es el acercamiento más interesante a la figura del Che a nivel ficción. Impensado que haya venido de la mano de Steven Soderbergh.

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