Argo (Ben Affleck, 2012)
Durante las revueltas en Teherán, seis empleados de la embajada norteamericana quedan a la deriva y en peligro de muerte alojados provisoriamente en la embajada inglesa. Para rescatarlos, un agente de la CIA, Tony (Ben Affleck), planeará el escape simulando ser un productor de cine buscando locaciones para una película junto a su equipo de filmación. Para ello falsificará documentación, logrará producir la entrada al país y contactarse con el Ministerio de cultura, para lo único que reste es sacar al grupo de la embajada del país.
Si uno saca el marco político, Argo se puede ver con una entretenida película de evasión con dos secundarios notables como John Goodman y Alan Arkin y una dirección correcta de Affleck.
Sin embargo, como director, Ben Affleck (1972) se mete demasiado en la arena política como para justificar la película como apenas como un buen entretenimiento -lo mismo ocurre con Black Hawk Down (Ridley Scott, 2001) o la espantosa The Kingdom (Peter Berg, 2007)- para que, otra vez (aunque con menos alevosía) un hombre de la CIA no es que sea más inteligente que sus contrincantes, sino que sus contrincantes son demasiado tontos o confiados como para darse cuenta del engaño. Ni hablar de la posibilidad de un servicio de inteligencia en Teherán que en la película se reduce a un grupo parapolicial interrogando a la empleada de la embajada.
Esta mirada de la película se lleva a las patadas con el excelente resumen del inicio que explica los motivos por la presencia de EEUU en el país petrolero. Este inicio también puede verse como una manera que Affleck tiene para no sentirse culpable por el resto de su realización.
No es un traspié de Affleck, ni es una película fallida; es una realización al servicio de la patria.






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